La ciudad que lleva tu nombre

(…) sueles salir por la puerta de atrás si no recibes más de lo que das (…)

  • Flor de fuego, Caramelos de Cianuro.

Quizás aun sea muy pronto para hablar de él. De su intermitencia y mis constantes dudas, como la de ahora, en donde no sé si es muy pronto para mencionarlo o muy tarde para dejarlo ir.

Pienso en el viaje de hace unos meses ya, a la ciudad que lleva su nombre. Justo cuando pensé que podía irme de Lima y apartarme de las calles donde me besó furioso, las esquinas donde me detuve sin querer seguir, los lugares que nuestros cuerpos visitaron sin que nuestros corazones lo hicieran. Las paredes que oyeron nuestras voces y algún que otro latido real, ocasional, el cual silenciamos con humo de felicidad. Pero, sobre todo, donde yacían también recuerdos inocentes, donde se dibujaban con trazos bobos las veces en que tomó mi mano, me dijo que quería intentarlo y acarició el contorno de mi rostro mientras repetía que pase lo que pase, todo estaría bien. De esos últimos recuerdos debía huir.

Aquel viaje no me dejó conocer la ciudad. Estuve hospedada en un hotel y mi mundo transcurría y debía transcurrir dentro de sus paredes. Conferencias, charlas, seminarios, talleres y breves descansos, donde revisaba mis mensajes y lo encontraba vago, insípido, lejano, caliente. “Hola, ¿ya vendrás a Lima? Ponte bonita, sabes que eso nunca falla”.

Y llegada la noche, luego de un baño, salía descalza al balcón, prendía un cigarro y le daba 12 pitadas, exactas, jugando a récords y demás tonterías, mientras veía el cielo infinito y estrellado de Neruda. Estando en aquella ciudad y con los referentes, seguía sin poder huir y perdiéndome de todo lo que pasaba bajo las estrellas de aquel lugar.

El sueño no llegaba y aprovechaba mi mente en pensar en que tal vez la ciudad y él no se llamaban igual por casualidad. Puede que, al igual que a la ciudad, yo nunca tuve oportunidad de conocerlo y disfrutarlo como realmente merecía, por más cerca y “hospedada” que haya estado en él. Y la parte de “perderme” de algo no me quedaba clara del todo, porque es verdad que me perdí muchos momentos de él, pero también es cierto que lo había perdido. Debía pensar aquella última metáfora mejor, y sólo para que suene bonito, porque ambas propuestas eran y son ciertas.

Una semana después, aún con tres cigarros pendientes, hice maletas y partí. Quería quedarme. Lo deseaba con la misma intensidad con la que quería marcharme. Y es que me gustaba la idea de estar en un lugar desconocido que guardaba mucho por descubrir. Era un reto diario intentar adivinar qué cosas estaría viviendo fuera, en sus calles. Sin embargo, ahí me veías sólo (sola) en el hotel, sin poder corroborar mi pensamiento de que la ciudad era increíble. Entonces, inventaba artificios donde salía a conocerla y descubría que no la pasaba tan bien después de todo. Y por eso mismo quería marcharme. Porque quedarme ahí era estar destinada a ver siempre sólo lo superficial de la ciudad, y verlo desde un cuarto, lejos, conceptuando sin jamás experimentar. Y es increíble cómo las semejanzas entre mi relación con la ciudad y con él se confunden de lo exactas que son.

Ya en Lima, lo vi. No tenía puesto el cárdigan que tanto me gustaba. Lo usó el día que se lo mencioné y nunca más. Quería decirle tantas cosas y - sin embargo - debía jugar el juego que yo propuse en un primer instante y que él luchó por contradecir, pero que terminó aceptando mientras yo desgarraba mi pasado intentando anular esas estúpidas y frías reglas que ya no estaba dispuesta a seguir.

Atrás quedaron los días donde perfumaba su atmósfera para acercarse a mí. Donde me contaba sus frivolidades, diciendo que algún día podría mostrarme su calidez.

Nunca fue caballero, es verdad. Pero siempre fue él. Y fue precisamente “él” lo que yo enmarañé, como cuando a un niño se le dan juegos de colección, creyendo tontamente que volverán tal como fueron dados. Luego yo busqué la forma de remendar los hechos, impulsiva, apasionada, humana. Y él hizo lo propio. Ojo por ojo, my dear. Y luego, claro, ¿quién quiere unos juguetes roídos y fuera de caja? Al menos nosotros ya no.

Aquella noche fuimos químicamente felices. Artificios de sustancias que más que nocivas, a veces juegan a ser permisivas. Y dan pase libre al descontrol y la tragedia, a la lujuria luminosa y los chispazos de oscuridad, al sexo sin amor, al amor que no se debe dar jamás ni de nuevo, a pedir compañía y luego aborrecerla, a olvidarte de ti y tus límites, pero sin corroer ni uno sólo de tus recuerdos y usarlos para culparte la mañana siguiente (y la vida entera).

Peleas, besos fríos, actos orgánicos, necesidades satisfechas, dosis de aire asfixiante de verdad y mucha soledad acompañada. Y es que era esa sensación de ahogo la que me hacía necesitar de su aire, aquel aliento que sentí tan cerca sin tomarlo y que me prometió la vida mientras me la iba quitando de a pocos.

Pude haberme ido antes, y debí, pero en mi cabeza resonaba todo lo que dejé ir como si aún estuviera aquí.

La última vez que lo vi agitó mi mano de un tirón, alejándolo de su cuerpo. Me dijo: “ya me cansé. Me voy, y tú deberías hacerlo también, pero en opuesto a mí”. Yo lo hice, mientras programaba el reproductor, y me acomodaba los audífonos al oído. Sonó entonces la canción que decía: “Nunca me diste tu alma cuando me dabas tu cuerpo, flor de fuego”. Reí enajenada mientras sentía tanta rabia contra esas luces públicas que me cegaban. Efectos póstumos.

Lo que vino luego de eso fueron muchas voces suyas, resonando. Palabras que iban desde “te haría el amor cada noche de mi vida” hasta “verte seguido me aburriría demasiado”. Encontré entonces voces mías, que decían primero “yo sólo quiero jugar” hasta “ahora quiero sentir de verdad”.

Esa noche fumé los últimos tres cigarros de camino a casa. Ocasionalmente, di vueltas en círculos por algún que otro parque, y vacié de mis bolsillos los restos de recuerdos bonitos mientras los llenaba de realidad.

Con la última pitada recordé la frase que un profesor mencionó: “Querida, no fui yo quien se fue. Fuiste tú quien se quedó”. Sonreí y pisé la colilla. Y todo lo demás también.

16 de abril de 2014.

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Aimée S. Dordán
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