El escrito

"Debemos ser sinceros, no todos nacemos con la capacidad de amarnos. Desde ahí, entonces, surgen las mejores historias de amor: las de desamor, de desamor a nosotros mismos".

- Sí, es bueno. Aunque siempre puede ser mejor, claro. De momento no estamos interesados en tu propuesta. Te llamaremos cuando tengamos novedad – me dijeron al salir.

Estando fuera del edificio, vi por la ventana cómo colocaban mi escrito en la sección de papel a reutilizar. Ya a este punto había visto esa escena tantas veces que lejos de molestarme o sentirme mal, sólo pensaba en que de algo estaba siendo útil.

Aún me quedaba en pendientes ir a otras dos editoriales y estaba a tiempo. Pero, ¿a tiempo de qué? ¿que me digan: “no, gracias”? ¿Realmente quería hacerme eso dos veces más? Miré los dos folios y les pedí perdón. Hay días en los que mi cuota es un rechazo por día.

Desde los 30 que empecé este sueño es que he querido despertar. Lo he perdido prácticamente todo, incluso la capacidad de sentir que aún es posible, y eso es lo que más extraño de esas épocas. Diez años después, me siento ridículo si lo intento y ridículo si desisto.

Dejé mi trabajo de cargador de equipaje en el aeropuerto de esa época y me fui a lo más profundo de Cajamarca, renunciando a un amor de momento (largo momento de 10 años) y la posibilidad de mantener la casa heredada de mis padres en donde “caerme muerto” – como decía mi madre - por si algo salía mal. En ese entonces fue una idea reveladora venderlo todo para poder mantenerme dos años en un pueblo, tiempo suficiente para escribir mi obra maestra donde contaría una historia fantástica y firmaría como el resiliente de mi generación. Luego, esos dos años se volvieron uno más de creación, tres de fuerza positiva en intentar hacer que se enamoren de mi arte y el resto, resignado cada vez más al rechazo, viviendo de cachuelos y haciendo cosas que prefiero no recordar. Estando aquí, a los 40 años parado frente a una editorial del Centro de Lima, sin nada qué firmar con orgullo y viendo cómo mi creación servía como hoja de reciclaje, sé que estoy tan lejos de algo tan siquiera parecido a lo que esperaba que de solo pensar el camino andado inútilmente me duelen los pies.

Saco un cigarro del bolsillo del traje y lo prendo con cierta ansiedad. Aunque suene grotesco, me gusta ver mis uñas amarillentas cuando lo acerco a mi boca. Me hace sentir que al menos tengo algo constante en mi vida y que me ha acompañado sin soltarme muchos años ya. Sí, podré morir de hambre, pero el tabaco es un privilegio de los que ya no tememos morir y no pienso renunciar a él.

Vuelvo a casa. Por razones estratégicas, tengo un cuarto en una pensión deplorable en el centro de Lima. Soy un auténtico cliché pero no obtengo lo que cuenta que sí obtuvieron los de esa vida. Algún día llegará mi momento. Algún día podrá llegar algún momento. El aire en esta habitación está tan cansado de esperar un giro que lo haga moverse que a veces se va, entonces hiperventilo y me pongo a llorar como un niño destetado. Lo único que me queda en la vida es la vida misma y eso no me suena ni mínimamente alentador.

Al llegar, dejo los escritos magullados por el día sobre la mesa, me quito lo zapatos y me recuesto en el montón de ropa sucia que acomodé y que ahora se ve perfecto para sentir que me hundo en un hoyo sucio y triste. Soy escritor – sabrán - me gusta dramatizar también. Tomo la chata de ron que dejé la noche anterior y le doy sorbos gorditos, para acabar el día más pronto. Cuando siento que es suficiente, me levanto abruptamente y al hacerlo, boto uno de los escritos. Cae al suelo y se desborda todo por el piso formando un gran tapiz de hojas sin enumerar. Joder. Decido ya no moverme más. Ese día he estado de más en el mundo, simplemente. Tomo la ropa de debajo y me arropo, dejando el escrito en el piso también. Lo veo y me siento acompañado. Ambos estamos en el piso rendidos por los golpes del día, desordenados y sin importarle un carajo a nadie.

A la mañana siguiente, me levanto adolorido y recojo las hojas del suelo. Me siento en la cama y empiezo el trabajo de ordenarlas. Leo entonces un poco y a groso modo, para poder unir la historia. Hace tanto que no lo hacía. Hace tanto que no acariciaba mi creación y me dejaba ser yo el primer conmovido y convencido de sus capacidades.

Cómo es posible que haya esperado que alguien la quisiera si ni yo mismo le presté atención. Me detengo y siento pesadez en el cuerpo. Yo la estaba tratando como me estaba tratando a mí, manteniendo una existencia sin recordar ya el por qué realmente.

Entonces la ordeno y empiezo a leerla, hoja por hoja, palabra por palabra y no hago pausas sino para prender un cigarro o apretarlo contra el suelo para apagarlo. Luego de unas horas, termino de leer todo el escrito por completo. Es una mierda.

Modificado por última vez en 16/03/2019

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Aimée S. Dordán
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