Reflexiones abiertas sobre el carnaval huamanguino (primera parte)

Cada año cuando se acercan las fiestas carnavalescas en Huamanga se cierne sobre esta una larga, a veces penosa, discusión sobre su tradicionalidad, su modo de realización y un sinfín de criterios en cuestionamientos. Lo cierto es que mucho del pan rebanado va en torno a la forma, pero poco o nada se ha trabajado sobre el fondo del asunto.

Es decir, las discusiones van a un nivel superficial, cotidiano y desligado de fundamentos y argumentos sólidos, donde enarbolar una tradición resulta ser el mejor argumento, aun cuando esta no sea claramente especificada.

El presente texto tiene como objeto abordar la reflexión sobre el carnaval tratando de hurgar en el sentido mismo de la festividad. Para este fin, trabajo tres puntos de partida: La historia del carnaval huamanguino, el sentido de las acciones, la urbanidad. Para finalmente culminar con unas reflexiones y sugerencias.

Antes de empezar quisiera señalar que voy a limitarme a hablar sobre la evolución del carnaval en Huamanga puesto que desconozco la evolución en otros sectores de la región, por lo cual no usaré el término carnaval ayacuchano, sino huamanguino.

LA HISTORIA DEL CARNAVAL HUAMANGUINO.
Huamanga desde su fundación española estuvo marcada por un profundo mestizaje. Podríamos decir que Huamanga nace como una ciudad mestiza, donde, sin embargo, las distinciones entre la raigambre europea y andina eran muy marcadas. De ahí que la ciudad funcionase en dos niveles, la ciudad de “españoles” y la ciudad de “indios”. En las festividades ocurría lo mismo. Si bien coexistían se procuraba mantener la distancia entre la una y la otra, sin que eso signifique que no se confundieran en la práctica. Esta estructura perduró hasta bastante entrada la república, por lo que la revisión del carnaval huamanguino decimonónico resulta una clara mirada a estas festividades. No voy a entrar a hablar en detalle sobre estas fiestas puesto que ya historiadores como David Quichua, José María Vásquez Gonzales o Nelson Pereyra ya lo han abordado o en todo caso podrían abordarlo con mayor fundamento. Señalar, sin embargo, algunas características.

La fiesta duraba solo tres días domingo, lunes y martes carnaval. El sábado y el miércoles no pertenecían a estas festividades. El primero porque no respondía a la semana del carnaval y el segundo puesto que era una fiesta de guardar, miércoles de ceniza. Amalgamaba, además, dos tradiciones la europea que festejaba la fiesta de la carne y el desenfreno; con la festividad andina del crecimiento y amancebamiento. De este modo, la estructura de la fiesta era europea, pero dentro de esta se confundían las tradiciones andinas como el pukllay o el atipanakuy. Las elites locales realizaban fiestas de disfraces en los balcones de la plaza de arma, escogían de entre las señoritas de alta alcurnia a la más notable para ser nombrada “señorita carnaval”, esto en el marco de las fiestas. Del mismo modo, las familias importantes salían a pasear por las calles en corso con disfraces y al son de alegres canciones en lo que podríamos llamar “comparsas”. Por su parte el pueblo, salía en comparsas populares que podían ser barriales, amicales o gremiales, o en pandillas más espontáneas de carácter amical. Se comía puchero, se bebía chicha de jora y se disfrutaban de tres días de jolgorio y alegría. En estas fiestas, el orden social era subvertido de manera que dentro de la fiesta se permitían cosas, que de otro modo eran impensables, como amores furtivos entre personas de distinta clase social. Pese a ello se pretendía mantener a la élite y a los plebeyos separados.

También es de señalar, que el “Rey momo” o “Niño Carnavalón”, presidía todas las festividades desde el balcón del cabildo civil. El martes era leído su testamento y finalmente llevado a la Pampa del Arco (hoy plazoleta María Parado de Bellido) – extramuros – donde era “enterrado”. El Rey Momo, representa así la insurrección del orden, el trastoque de lo normado, por ende, pasada la fiesta es depuesta y el orden social es recuperado. Por ende, no representa a ninguna persona en particular. De hecho, era un muñeco pequeño no muy elaborado y de carácter más simbólico, que aglutinaba los favores y desdenes de toda la comunidad en su conjunto.

Las festividades tuvieron, con variaciones en el tiempo, esa misma estructura hasta mediados de la década de 1960. Los cambios políticos, económicos y sociales por los que atravesaba la sociedad peruana precipitaron que el carnaval huamanguino se suspendiera. Al ya no haber más señores en Huamanga, al desaparecer una estratificación tan marcada de las clases sociales, el carnaval como era antaño no tenía mayor sentido, más aún después de las reformas agrarias.

Las élites huamanguinas se empobrecieron o marcharon. Una clase media emergió y las clases populares tomaron mayor vigor. Es así que en 1978 la señorita Rosa López, la señora Teresa Carrasco de Gonzales Carré y el señor Walter Wong, deciden junto a la municipalidad recuperar el carnaval huamanguino. Para este fin convocaron a las comparsas más representativas como la comparsa Dos de mayo, la comparsa San Blasito, a la comparsa de Munaypata. Otras se habían formado en el camino como “Huamanga tunante” conformada por la Tuna Universitaria y un selecto grupo de damas a fines a ellos, “Arte moderno” formado por una empresa con fines de revalorar y renovar las costumbres huamanguinas, o la comparsa del Centro Folclórico Ayacucho donde la señora Juanita Fernández Arangoitia de Malpartida, dirigía y recuperaba las costumbres huamanguinas. Justamente, será ella quien instaure la vestimenta de las panaderas de Munaypata como el traje del carnaval. Del mismo modo, se buscó a un artista plástico que hiciera un nuevo Carnavalón, la tarea recaería en un joven artista Walter Bustamante, quien además aportaría con ideas para renovar el carnaval. El carnaval así paso de tres a cinco días. El “Ño Carnavalón” pasó a tener cada vez proporciones mayores, llegando hasta medir siete metros de alto. El sábado fue instituido como el día del ingreso del “Rey Momo” para ello se leía un bando o proclama, donde se avisa a la población de que ha llegado el tiempo del carnaval y que por ende están legitimadas y permitidas las prácticas propias de la festividad. El corso que acompañaba al muñeco era pequeño, simbólico, puesto que la estrella del día no son las comparsas sino el “Ño”. El miércoles de ceniza se instauró el juicio al Carnavalón, donde se da lectura a su testamento para finalmente ser condenado a muerte, por incineración. Para, después de dichos actos pasar a misa y ser marcados con las cenizas según la tradición católica y empezar el tiempo de cuaresma. Así, los días de baile y jolgorio se mantenían en los tres días clásicos.

Bajo ese esquema se redefinió el carnaval huamanguino. Durante el Conflicto Armado Interno (CAI), hubo nuevas transformaciones y estrategias para mantener el carnaval. Tras declararse el estado de emergencia en la región y quedar prohibidas las agrupaciones, la conformación de comparsas se hacía más que complicada. Sumado a esto, las fuerzas subversivas eran una permanente amenaza pues su accionar era de pronóstico reservado, es decir, no se sabía si respetarían o no las fiestas. Ante esto, surgió la idea de formar comparsas de tipo institucional donde se supiese quienes participan y que tuvieran la autorización expresa del comando militar. Así, al principio, obligadas salieron las comparsas institucionales. Fue una acción de salvataje era eso o la muerte del carnaval. También se conformó la comisión multisectorial que organizaba la festividad, se fueron regulando algunas actividades paralelas como los concursos de temas musicales nuevos, la reina carnaval y de carros alegóricos. Sin embargo, durante este tiempo el carnaval va mantener un aire modesto y tranquilo. Las letras de las canciones serían el modo de cómo se expresaba el sentir de la población. A todo esto, se sumó la crisis económica, por lo cual por mucho tiempo el carnaval se hizo sin financiamiento alguno, de manera altruista y ad honorem. El carnaval, así, durante este periodo, era de los huamanguinos y para los huamanguinos.

Con la pacificación del país, el carnaval ayacuchano adquiriría nuevos aires. Primeramente, aparecerían las llamadas comparsas rurales que buscarían – y aún buscan- su incorporación al carnaval huamanguino. Las comparsas rurales serían prohibidas de pasear los días de carnaval, y se instauraron concursos paralelos, con el tiempo lograrían que las mejores comparsas rurales acompañaran al Carnavalón en su ingreso triunfal. Pero, no fueron permitidas de pasar junto a las comparsas urbanas. De algún modo, estos actos serían una reminiscencia de las divisiones sociales coloniales. Por otro lado, se instauró el concurso de comparsas institucionales, es decir, se pasó de la obligatoriedad a la motivación a base de un concurso; también reaparecieron las comparsas más tradicionales dado el levantamiento del estado de emergencia y la permisión de agrupamiento.

La recuperación económica permitió que se destinara un presupuesto para la realización del carnaval por medio de diversos concursos. A la elección de la señorita o reina del carnaval se sumaría la elección de la Sumaq wayta, un certamen que busca elegir a una señorita bajo los estándares de la tradición andina. Otro claro ejemplo de la división de los carnavales urbanos y rurales, aun cuando el Sumaq wayta surgió para reivindicar a la mujer andina rural.

Hacia finales de la década de 1990 el turismo cobraría vital importancia para la ciudad y se vería reflejado en el carnaval. Ahora además del deguste citadino había que idear, desarrollar y promocionar un producto turístico. Con esa mira se buscó estandarizar a las comparsas, fijar los horarios, establecer cánones lo que llamaríamos “tradicional” basándose en las formas de lo que se supone que es, pero descuidando el porqué de las cosas. En este periodo es importante resaltar la labor de la comparsa “Arte moderno” quienes fueron siempre quienes introdujeron aires de modernidad al carnaval, como las gafas oscuras que reemplazaban al antifaz, la espuma que reemplazó al talco, los fustanes y Llicllas coloridas que matizaban el blancor generalizado, los tacos altos, etc.

Un acto de rebeldía siempre bien visto y aplaudido por la población. Por su parte Huamanga Tunante daba la hora con su comparsa numerosa y muy bien organizada y coreografiada con temas populares y tradicionales, entre otras comparsas igualmente valiosas. Fue también el resurgir de comparsas barriales como San Blas o Magdalena.

El nuevo milenio trajo la preocupación plena por el turismo. Se empezó a enfocar los esfuerzos por la promoción turística y el desarrollo económico de la fiesta. De este modo, a los incentivos anteriores se les sumó un mayor presupuesto y así crecieron los concursos de comparsas. También es un periodo en que la influencia de otras latitudes se hace más presente, sobretodo la puneña además de la permanente comparación con Cajamarca y con Río en Brasil. Las distancias entre las llamadas comparsas rurales y urbanas se mantuvieron, empero surgieron comparsas, de tipo urbano, compuestas por residentes de las provincias ayacuchanas. Comparsas como Cangallo Corazón, La Marina, Tambo, entre otras. Estas tendrían una notada diferencia, dejarían los bailes tradicionales de sus localidades para optar por el estilo o la forma huamanguina, pero usarían musicalmente las composiciones realizadas en Lima con un aire más fresco, alegre y acelerado. Adicionalmente, las comparas empezaron a ser más numerosas y coreografiadas. Es así que, en este punto, podemos ver el surgir de lo que podríamos llamar compañías carnavalescas, ya que los patrones de comparsas quedan cortos para describirlas. Quedarían relegadas, de este modo, comparsas más espontaneas y familiares. La promoción turística y el crecimiento económico produjo a su vez el surgimiento de un mayor número de comparsas; llegando a contarse ya en cientos de participantes por comparsa y en cientos de comparsas participantes. Con el tiempo, surgieron nuevas iniciativas para devolverle el color al carnaval y en parte su rebeldía.

Por su parte el Ño Carnavalón adopto la forma de un personaje político. Se dejó de lado su neutralidad para ser motivo de refrendas políticas. Al tiempo que su importancia dentro de la fiesta fue decayendo hasta ser solo un elemento decorativo cuando antes era el sentido mismo del carnaval. El testamento también dejó de ser una manera satírica de reconocer a los personajes populares para ser un espacio de escarnio político. Bajando su calidad retórica y haciéndose cada vez de manera más redundante. Más aún cuando no se actualizó ni modernizó la puesta en escena. El carnaval poco a poco perdería fondo y se quedaría en la forma. Así llegaron los reconocimientos al carnaval, más por lo que fue que por lo que es.

La polémica se volvió a generar con la aparición de las comparsas de colonias de otras regiones o latitudes. Siendo la colonia puneña la más marcada. Quienes poco a poco se han ido abriendo un espacio en el carnaval, aun cuando se les sigue negando su participación. Ayacucho había dejado de ser una ciudad pequeña y ensimismada pasando a ser una metrópoli cosmopolita. Prueba de esto último son las comparsas de extranjeros. Las grandes bandas aparecieron para acompañar comparsas – en especial puneñas- por otro lado, equipos de amplificación de sonido para comparsas tradicionales se fueron incorporando. Comparsas como Huamanga Tunante alcanzaron niveles de compañía carnavalescas, dejando de lado su raíz en la Tuna Universitaria.

Otras comparsas no sobrevivirían como la comparsa “Arte Moderno” pese a todos los esfuerzos para mantenerla en flote, hoy no es más que la sombra de lo que alguna vez fue. Así como comparsas como Cangallo corazón se partirían en más de una que a su vez por cada cuenta seguirían creciendo.
A todo esto, no podemos dejar de mencionar la incursión de los “cortamontes” o “yunsas”. Tradición wanka incorporada a fines de los 80s y en los 90s a las fiestas carnavalescas. Tal ha sido la aceptación de esta tradición que incluso en Lima el club Ayacucho celebra los carnavales con una gran “yunsa Huamanguina”. Sin embargo, esta actividad y otras como la tradición de mojar, vienen siendo combatidas desde una argumentación ambientalista, igualmente hoy se procura no incinerar al Ño Carnavalón por las mismas razones.

Como se podrá notar, el carnaval huamanguino históricamente ha tenido una evolución compleja. No podemos entonces tratar de entenderla con los cánones de hace 40 años es tiempo de repensar el carnaval, reconocer sus avances, sus retrocesos, para poderle refundar, re estructurar y que pueda responder a los tiempos actuales. De lo contrario, el caos seguirá campeando en nuestra fiesta, su esencia correrá peligro, se seguirá en una nebulosa que no beneficia a nadie. Es también tiempo de devolver el carnaval a los huamanguinos, dejar de pensarlo turísticamente. Hay que ordenar la fiesta para que podamos los ayacuchanos vivirla plenamente y darle un sentido. Es hora de pensar el fondo de las cosas para poderles dar forma y no caer en la rutina.

Modificado por última vez en 27/02/2019

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